Los primeros jardines de los que tenemos noticia son los creados por las culturas egipcia y mesopotámica; los escritos de historiadores y viajeros de la Antigüedad son nuestras mejores fuentes, así la Historia Natural de Plinio el Viejo, las Historias de Herodoto de Halicarnaso, la Geografía de Estrabon o la Biblioteca Histórica de Diororo Sículo nos dan noticia de estos recintos y junto con los restos de pinturas y relieves conservados que han ido apareciendo en los yacimientos arqueológicos son las mejores fuentes para reproducir y/o imaginarnos estos jardines. A esto debemos añadir los datos que los análisis de los expertos, cada vez más exactos y perfectos nos revelan respecto al tipo de flora y fauna que habitaba estos espacios.
La acertada frase de Estrabon definiendo la función del Nilo respecto a Egipto es, también, acertada y apropiada para nuestro estudio ya que el hecho de que el país sea
En primer lugar debemos plantearnos ¿quiénes, entre los egipcios, eran capaces de tener y disfrutar de un jardín? La respuesta es bastante clara: únicamente las clases de cierto nivel económico podían permitirse tal lujo ya que su construcción exigía una serie de condiciones imposibles de cumplir en cualquier otro estatus. Cómo hemos dicho el agua procedente de la crecida anual del río era esencial; debía ser recogida y embalsada en lagos artificiales y/o piscinas, bloqueada mediante diques y controlada mediante aberturas en su parte inferior para poder darle salida cuando era necesario. Los jardines se ubicaban en las proximidades de las casas y de estos depósitos según podemos observar por los restos de pinturas, relieves o descripciones de los textos. Solo los ciudadanos de alto nivel económico podían construir sus propias piscinas, aljibes o pozos en sus propiedades. Un alto muro alto rodeaba el recinto general y otros muros más bajos distribuían el espacio interior organizando los diversos pabellones, quioscos, jardines e incluso huertos de la alta sociedad egipcia.
Los altos personajes del país poseían frondosos parques en los que buscaban el frescor entre la diversa vegetación, a veces espacios amplios próximos al río en los que incluso se podía cazar y pescar como nos muestra una pintura de la tumba tebana del noble Nebamún, al parecer escriba y contador de grano, en la que podemos verle navegar, sobre un frágil bote de papiros, y cazar con bumerán mientras su gato atrapa algunas garzas; su mujer y su hija observan la escena en las proximidades y los peces de diversas especies se desplazan por el lago.
El British Museum conserva una reproducción del jardín de este mismo noble que nos permite apreciar su distribución; un estanque rectangular, por el que se mueven peces y aves, rodeado de vegetación entre la que se distinguen palmeras datileras, sicomoros y mandrágoras.
Un papiro iluminado datado casi con seguridad en las primeras décadas de la dinastía XIX (c. 1320-1290 a. C.) nos muestra a Nakht y a su esposa saliendo de su casa, al amanecer, para adorar al sol naciente Ra y a Osiris que se halla sentado en su trono delante de la diosa Maat, señora de las
Otro ejemplo de jardín, en esta ocasión botánico, es el que nos muestra el relieve de la tumba de de Tutmés III de la XVIII dinastía en Karnak, en él vemos las plantas que dicho monarca había traído de sus campañas de Siria. El monarca transportó a Tebas las plantas exóticas de los países conquistados e hizo esculpir los diversos árboles y arbustos en las paredes del templo de Karnak con la siguiente inscripción
Otro tipo de jardines existentes en Egipto eran los que se construían en las proximidades de los templos; se plantaban largas hileras de árboles cada uno de ellos en un cajón individual para que facilitar su riego y también podían existir bosquecillos y grupos de árboles plantados generalmente en hileras regulares; era también frecuente ver grupos de árboles sagrados organizados dentro del recinto templario. Los árboles estaban vinculados a un dios y así tenemos que Osiris era identificado con el sauce, Re-Horakhty y las diosas Isis, Hathor y Nut con el sicomoro; Horus con la acadia, Upauat con el tamariz; este tipo de creencias condicionaba a veces la utilización de las maderas de los árboles en las ofrendas o en el tallado de sus imágenes.
El poder creador del agua se manifiesta de manera muy evidente en lo que podríamos considerar el jardín natural del desierto; porciones de terreno con capacidad de producir y sostener vegetación por sí solas y de esta forma facilitar la supervivencia del hombre en medio del desierto, su nombre les fue dado por los egipcios y adoptado y trasmitido por Herodoto; esas islas de vegetación perdidas al oeste del Nilo mantenidas por emergencias de agua procedentes de profundos acuíferos. La palmera datilera es su árbol más característico y bajo sus copas pueden cultivarse otros árboles frutales, como chumberas y granados, y algunas hortalizas que aprovechan el microclima que se crea en estos lugares que los egipcios creían bajo la protección de dioses, como Set y Amón. Uno de los más grandes e importantes fue el oasis de Siwa; denominado más tarde por los griegos Oasis de Amón, en él se mantenía un oráculo que gozaba de gran prestigio.
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miércoles 21 de enero de 2009
Jardines en la Antiguedad
Publicado por Jardinera en 08:52 0 comentarios
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